sábado, 1 de agosto de 2015

RD necesita aplicar ley y políticas públicas para eliminar delincuencia

Por Emilia Santos Frías
Nos estamos quemando y no es sólo por las altas temperaturas de este varano. Desde hace años un flagelo más cruel que las enfermedades catastróficas, se lleva vidas valiosas; deja  temor, tristeza y desesperanza. Me refiero a la delincuencia.

Recientemente, la encuesta Gallup-Hoy,  publicó lo que toda persona residente en República Dominicana, comenta en su entorno circundante: la delincuencia, junto al desempleo y otras necesidades básicas, constituye el principal problema, que afecta a la población.
No es asunto de percepción, es la mala y fea realidad. La gente sufre cada día este mal y con él,  pierde la capacidad de asombro, ante un ambiente cargado de violencia, desprotección y desazón.
Nuestro territorio está arropado palmo a palmo  por ese verdugo. Mientras, la población productiva, cada día está más desprotegida, carente de empleos y garantía de sus derechos fundamentales.
Es sorprendente, quienes se dedican a delinquir, siguen arrebatándonos recursos materiales y naturales, como la vida misma,  por consiguiente, alegría y paz; pues esta no es posible en medio de dolor.
Y mientras, la gente perdió la confianza en las autoridades civiles y militares, esos malos dominicanos y sus aliados, siguen ganando terreno, ante la mirada pasmada; ausente; indolente, permisiva y absorta de  quienes deben articular fuerzas para eliminar de nuestro territorio la delincuencia.
Con este panorama, ¿cómo eliminaremos este mal?; ¿está, este aumento efectivamente asociado a la desigualdad social, con sus bajos niveles de educación, pobreza y el desempleo que exhibe nuestra nación?.
¿Qué está haciendo la familia, la escuela y los medios de comunicación para contribuir a su reducción?.
¿Influye en su acentuación, las  débil aplicación de normativas y administración de justicia?; ¿contribuye a este acrecentamiento las narco novelas?; ¿Tiene alguna cuota, la falta de controles migratorios fuertes?,  son algunas de las inquietudes que tengo como ciudadana de esta noble patria; una tierra bendecida, codiciada, mal querida y mal amada.
Hay carencia hasta de amor al terruño, de no ser así ¿por qué las dominicanas y los dominicanos, permitimos nos conviertan en otra nación; cambien nuestro modo de vida?.
¿Por qué dejar incluso, que la transculturación, la copia de antivalores de otros países, nos dañen?.
La cultura nos recuerda que este pueblo nunca ha sido violento entre sí. Sólo uso la fuerza para defender su soberanía, evitar injerencias; defender su identidad, sus valores, su etnia.
Es por ello, que República Dominicana no debe perder ese espíritu de vida tranquila, llena de urbanidad, calor afectivo, entre sus compatriotas y hacia los extranjeros; ese don, tan codiciado por los turistas.
Sin dudas, no es tiempo de largos discursos inverosímiles, cargados de promesas, tampoco es tiempo de atropello a la inteligencia y al sentir real de la ciudadanía.
Es tiempo de accionar, de cambiar la desgarrante realidad;  corregir y mejorar.
La delincuencia que exhibe nuestro país, es alarmante, se ve y se siente. Para eliminarla es necesario el concurso de todas y todos, mediante acciones serias, medibles, visibles, sistemáticas y sostenibles en el tiempo. La prudencia lo demanda.

La autora es educadora, periodista y abogada.

 
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